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¿Se refleja la imagen vasca en el espejo escocés? La reacción del gobierno español muestra una primera imagen invertida. La cultura política de los británicos no tiene nada que ver con la de los españoles. Cameron no invoca la unidad como causa sagrada. Esto es perfectamente posible debido a la mayor ductilidad de su constitución no escrita. Aquí, y también entre nosotros, muchos piensan que no se pueden adoptar decisiones transcendentes sin garantías constitucionales. Por ejemplo, tanto jacobinos españoles como sus imitadores vascos coinciden en ello. Los nuestros no discuten la dogmática. Sólo quieren cambiarla, ya que creen que, sin una expresión de la nación vasca en la constitución vigente, carecemos de voluntad política.


El debate sobre el futuro de Escocia ha originado un indudable interés entre nosotros. En un artículo precedente, describí el contexto en el que se había abierto. El premier británico, David Cameron, quiere convocar cuanto antes un referéndum sobre la independencia de Escocia y que sea con una única pregunta. El gobierno escocés, sin embargo, pretende que se celebre en 2014 y que contemple además otras opciones intermedias.

La cuestión ha tenido consecuencias inmediatas entre nosotros. Mientras vascos y catalanes miramos con atención lo que sucede en las islas, Madrid ‘se pone la venda antes de la herida’ y anuncia que vetará el acceso de Escocia a la Unión Europea.   

¿Se refleja la imagen vasca en el espejo escocés? La reacción del gobierno español muestra una primera imagen invertida. La cultura política de los británicos no tiene nada que ver con la de los españoles. Cameron no invoca la unidad como causa sagrada. Esto es perfectamente posible debido a la mayor ductilidad de su constitución no escrita. Aquí, y también entre nosotros, muchos piensan que no se pueden adoptar decisiones transcendentes sin garantías constitucionales. Por ejemplo, tanto jacobinos españoles como sus imitadores vascos coinciden en ello. Los nuestros no discuten la dogmática. Sólo quieren cambiarla, ya que creen que, sin una expresión de la nación vasca en la constitución vigente, carecemos de voluntad política.

A mí, este debate en términos constitucionales se me hace abstracto. Ninguno de los nuevos países constituidos en Europa desde 1989 lo ha hecho a través de los procedimientos formales. La clave que les llevó a conseguir el nuevo status fue el desarrollo de una relación de fuerzas (popular, primero; de apoyos exteriores, después) que hizo avanzar la construcción nacional.

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A este efecto, podrían compararse las estrategias de construcción nacional de vascos y escoceses. Esta operación, en la que la imagen vasca es brillante y aleccionadora, nos llevaría a dos conclusiones. La primera, que la propuesta de independencia escocesa es muy similar a la fórmula histórica de ‘pacto con la Corona’ planteada por los nacionalistas vascos en el debate constituyente de 1978. Un ‘anacronismo fuerista’ injustamente despreciado, que provocaba gran irritación al centralismo como a las fuerzas más cercanas a las dos ETAs, y que en su concepto se revela muy adecuado a un siglo XXI de marcado carácter post-soberanista.

La segunda conclusión es que, ante a un Cameron que ha centrado sus movimientos en la consulta popular, el gobierno escocés mira más allá del acontecimiento y quiere activar un proceso. El paralelismo con Euskadi es también directo. Frente a quienes desde extremos enfrentados veían limitada la voluntad popular, triunfó la idea de que las autoridades vascas debían realizar una gestión gradual sin límites establecidos con el objeto de conseguir los instrumentos políticos y un apoyo popular de masas a la causa vasca.

El primer ministro Cameron quiere que los escoceses decidan en un marco de ‘todo o nada’, y aprovechar un previsible ‘no’ a la secesión para cerrar el paso a otras opciones. Pero, en esta visión dinámica de la autodeterminación, el SNP nunca se ha descartado de las iniciativas que traían avances autonómicos. Participó activamente en la campaña del 1997. Alex Salmond es consciente de la pluralidad escocesa y no quiere jugarse el progreso del autogobierno a una disyuntiva cerrada y bloqueada entre las dos posiciones más enfrentadas . Quiere que los partidarios de otras fórmulas intermedias se decidan a plantearlas de tal manera que, de este proceso, siempre se deduzca un avance nacional.

De hecho, pese a que las encuestas dicen que la independencia es minoritaria entre los escoceses, éstos sin embargo sí apoyarían ampliamente la opción ‘Devo-max’, con una autonomía fiscal análoga al Concierto y la devolución de más poderes. Desde esta visión, los escoceses, sin renunciar a los derechos históricos derivados de los pactos que crearon la Unión, podrían conseguir como mínimo más facultades de autogobierno.

De la experiencia vasca, seguro que a los escoceses les resulta más afín el gradualismo positivo del nacionalismo vasco que el empuje rupturista del MLNV. Si se miraran en nuestro espejo se reconocerían rápidamente en la conducta política que los nacionalistas hemos mostrado a lo largo de nuestra historia institucional; conducta que, a partir de los años 80 del siglo pasado, se ha mostrado tan eficaz para nuestra progresiva recuperación nacional.