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Los últimos acontecimientos han desenmascarado al régimen sirio ante la opinión pública mundial. El ba’zismo dinástico de los Al Assad se agarra al poder, cueste lo que cueste al pueblo sirio. El partido de Michel Aflaq, ‘la arabidad como cuerpo, el socialismo como alma’, sólo pudo acceder y mantenerse en ese poder recurriendo al miedo y a la represión, al imponer un estado de emergencia que ya dura 50 años.

Hace pocos días, la alta comisionada de las Naciones Unidas ha acusado al gobierno sirio de haber cometido crímenes contra la humanidad. Sólo en los últimos 11 meses, más de 5.400 personas, entre ellos 400 niños, habrían muerto como consecuencia de una cruel represión que preludia una guerra civil. Ante esta grave crisis humanitaria, la sudafricana Navi Pillay ha instado a los miembros de la ONU a realizar una acción colectiva que frene el sufrimiento de la población civil.

Así y todo, el pasado 4 de febrero, el Consejo de Seguridad discutió una propuesta de resolución presentada por Estados Unidos y otros dieciséis países y que apoyaba el plan de transición presentado por la Liga árabe. El texto fue vetado por Rusia y China.

Según los analistas, esta  incapacidad de acuerdo mostraría un juego en el que afloran los diferentes intereses que se enfrentan en la zona. Se acusa a Estados Unidos de interesarse por Siria por el riesgo que ésta supone para Israel, dada su influencia en la política interior de Líbano y sus nexos con Irán. El interés del gobierno saudita, que ejerce el liderazgo en la Liga árabe, sería doble: auxiliar a la mayoría suní de Siria y aislar a Irán, catalogado como su peor enemigo.

De otro lado estarían las potencias que, en el Consejo de Seguridad, han ejercido el veto a la intervención, Rusia y China. En Oriente Próximo, Rusia mantiene las posiciones heredadas de la Unión Soviética. En Siria, se combinan intereses estratégicos regionales, comerciales y militares. China, por su parte, que advierte a los países no asiáticos para que no intervengan en la región, entiende que el futuro del continente y sus propias decisiones están vinculados y quiere prevalecer en Asia. La reacción de Chávez y los países del ALBA, sin embargo, considerando muy positivo el veto, refleja un eje transversal Venezuela-Rusia-China-Siria-Irán muy afianzado, que invoca una resistencia ante una injerencia imperialista y deja entrever un marco de confrontación internacional que trasciende el ámbito regional asiático.

Este juego de intereses es inevitable, aunque no tapa la enormidad de un drama sirio que exige, como ha dicho la comisionada Pillay, una acción colectiva humanitaria. A pesar de estar afectados por esa interacción de múltiples intereses enfrentados, nos encontramos ante posicionamientos que se pueden valorar de modo diferente por lo que aportan a la respuesta que necesita la emergencia humanitaria que se está viviendo en Siria.

En la medida en que no tiene alternativa, hay que valorar como positivo el llamado plan de transición, única propuesta de acción colectiva que se ha puesto sobre la mesa de los organismos internacionales. Por contra, es reprochable la actitud cerrada y destructiva de los gobiernos chino y ruso que impide la materialización de una acción internacional. Lejos de hacer valer sus relaciones (sus intereses) con el gobierno sirio para que cese la represión, lo único que estas potencias han conseguido es que Al Assad haya visto avalada y, como consecuencia, haya recrudecido su presión criminal contra la oposición interna.

Cercano a esta posición antihumanitaria, el responsable de la sección de internacional del diario GARA ha expresado una tesis retorcida: los países que apoyan el plan de transición y la acción humanitaria, en realidad lo que desean es que ésta no se realice y ‘que se maten entre ellos’. Más bien, lo que es muy evidente es que ha sido precisamente el veto de Rusia y China a la propuesta de resolución lo que abre la puerta a un dilema que podría llevar a elegir entre dos opciones de diabólicas consecuencias: la intervención militar y la no intervención.