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«Este es otro de los vacíos éticos del documento de Gernika. ¿Quién ha originado ese sufrimiento que pide nuestro reconocimiento? ¿Es aceptable que se achaque la culpabilidad a un inmaterial estado de la realidad, como el ‘conflicto político’, al que no podemos pedir responsabilidades? ¿No han sido, acaso, agentes concretos, colectivos e individuales, los que han ejercitado calculada y premeditadamente la violencia contra personas?»

Un año y pico después de firmarse el acuerdo de Gernika, sus componentes han dado a conocer un posicionamiento común ante las víctimas. El texto que han presentado al público expresa más el retroceso ético de formaciones como EA que un progreso significativo del  mundo de Batasuna y el MLNV.

Entiendo que la actitud de discriminar el sufrimiento de víctimas de crímenes análogos, demandando para unas u otras una atención preferente, no hace justicia a una visión que recalca la dignidad de todas las personas. Esta idea quedaría adecuadamente representada en el documento que el grupo de Gernika ha dado a conocer en la frase que sostiene que “es la vulneración de sus derechos humanos más elementales lo que las ha hecho víctimas”. 

La declaración contiene un párrafo que ha sido especialmente valorado, elogiado por novedoso o criticado por insuficiente. En él se reconoce el dolor y el sufrimiento causado “por el conflicto político y la realidad de las múltiples violencias” que se han ejercido en nuestro país y se expresa el pesar de los firmantes por el conjunto de las víctimas que han provocado aquellas.

Hace tiempo que se anunció que habría de llegar ‘el reconocimiento del dolor causado’. El término se ha acuñado, a pesar de que muchos veían en él un eufemismo que no aborda el problema sujeto a discusión. Es cierto que la fórmula utilizada tiene un alcance que no va por sí misma más allá de lo descriptivo. No hace falta mucha perspicacia para saber y reconocer qué consecuencias ha acarreado la violencia. No faltan de hecho cínicos (se llamen Martxelo Otamendi o Felipe González) que todavía vocean que ‘para hacer una tortilla era imprescindible romper huevos’ o cosas de parecido tenor.

Todos los partidos (hasta las mismas franquicias del MLNV) postulan el reconocimiento de las víctimas como un imperativo ético. Siendo así, lo que se espera de ellos es una actitud ajustada a ese principio. Hemos de abordar el sufrimiento padecido de una manera prescriptiva, a modo de enseñanza moral que vaya a alojarse de manera imborrable en la cultura política de este país. Es una lucha ideológica inaplazable e irrenunciable. Y, para eso, interesa emplazar a los diferentes sujetos que han ejercido estas violencias a que, junto con el reconocimiento del dolor de las víctimas, reconozcan la grave injusticia que han cometido sobre ellas.

Este es otro de los vacíos éticos del documento de Gernika. ¿Quién ha originado ese sufrimiento que pide nuestro reconocimiento? ¿Es aceptable que se achaque la culpabilidad a un inmaterial estado de la realidad, como el ‘conflicto político’, al que no podemos pedir responsabilidades? ¿No han sido, acaso, agentes concretos, colectivos e individuales, los que han ejercitado calculada y premeditadamente la violencia contra personas?

Atribuir la violencia al ‘conflicto político’ es, en primer lugar, dejar que éste sea apropiado por los que la realizado. El conflicto político sería, por lo tanto, la estructura social culpable, que nos ha atrapado a todos en una espiral amigo-enemigo sin posibilidad de escape. Esta atribución, consecuentemente, convertiría en responsables de la violencia a gente que jamás la ha practicado, que jamás la ha justificado y que se ha movilizado contra ella en cuantas ocasiones ha podido. Y, finalmente, condenando a todo un pueblo, diluiría la responsabilidad de los sujetos concretos que han cometido los crímenes que han dado origen al sufrimiento que dice quererse reparar.

Así se razona aquí la violencia, las múltiples violencias. Su origen, el conflicto político. Cuando nos preguntamos por los inocentes, ¿quién y de qué es inocente?, parece apremiarnos ese razonamiento subyacente a esta declaración del grupo de Gernika. Al representarnos en la bipolaridad de un conflicto que originaría las violencias, todos seríamos, a la postre, corresponsables.

He aquí el retroceso ético al que, por una necesidad de maquillarse de modo más humano, ha llevado el MLNV a sus aliados. Necesitamos un dique que frene esta argumentación perversa. Y el dique no puede ser otro que una incesante lucha ideológica que impida que, bajo el parapeto de un parcial ‘reconocimiento del dolor ocasionado’, se enseñoree un relato político que responsabiliza a la principal víctima colectiva, al conjunto del pueblo vasco, de la espiral violenta que tanto daño le ha causado.